Bubu Romo, Koi

Yo no sé nada de nada

Alguna vez, un tío me dijo: “¿Tú que sabes del amor? Si nunca has besado a un burro” y era cierto, hasta hoy lo sigue siendo, no sé nada del amor, ni de besar burros.

Hace unas cuantas semanas que me volví “Padre soltero” de Koi, lo pongo así, entre comillas, porque siempre me ha parecido una mamada eso de que digan que eres el papá o la mamá de un perro, pero hasta ahora no me he conseguido un mejor término para ello, siento que dueño es como bien impositivo y mal pedo y me gustaría que hubiera algo que fuera más correcto, quizás algo como “cuidador”, “alivianador”, “proveedor de cosas en general”… yo que sé.    La cosa es que dejé de vivir en pareja y ahora cuidar a Koi es todo un rollo, aunque intento llevarlo siempre conmigo y nos hemos vuelto buenos compas, siempre pienso que le debe dar una gran hueva la vida de los humanos, pero me sentiría mal de dejarlo solo en casa todo el día.

El domingo, lo saqué a pasear junto con Tomás, un buen amigo que además es el profe de Stand Up Comedy y de  pronto Koi se fue a explorar una construcción, misma que utilizó como trampolín para saltar al vacío, profundizaré un poco en esto: al ser domingo temprano y darme cuenta de que no había albañiles ni otros perros, decidí soltar a Koi para que corriera libremente ( verlo correr es algo que disfruto un buen como acto libertario ) en su rollo explorador, estuvo oliendo cada centímetro del parque y cuando se acabó los olores, decidió aventurarse a una de las construcciones de las nuevas casas de la colonia, cuando lo vi entrar ahí, pensé que sólo pasaría y al ver que no había nada iba a regresar, poco a poco me acerqué a la construcción y a unos metros de la puerta, vi como Koi saltaba por la ventana como si se tratara de un niño saltando a una alberca.  Corrí de inmediato y según Tomás, me veía blanco del susto y empecé a temblar, tomé a Koi entre mis brazos ( lo cuál es cada día más complejo ) y lo llevé a la camioneta para trasladarlo directo al doctor.   Al wey no le pasó absolutamente nada, pero a mi me pasó absolutamente todo.

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Soy cuidador de animales primerizo, no tengo ni puta idea de si ese salto era normal o no, no entendía por qué lo había hecho, para que quede claro, soy ese tipo de persona que pregunta si es normal que el perro mueva la cola cuando llego.   Para ser sincero, durante todo el domingo, mientras Koi pasaba el día en observación con el veterinario, pensaba que él tenía en mente con una claridad impresionante que le había tocado quedarse con la peor parte de la pareja ( al menos pensándolo en términos de cuidado animal ) y había sido una buena forma de buscar el cambio de hogar o algo… yo que sé, no tengo claro a dónde pensó que estaba saltando.  Pero me di cuenta de que todo mundo normalizó el pedo del salto muy cabrón, mientras yo temblaba de miedo y hacía algunas llamadas que yo consideraba “de emergencia”, todo mundo me respondía cosas super triviales, definitivamente sentí que nadie empatizaba con mi sufrimiento, estaba pasando un mal momento y lo que para mi era una llamada de auxilio desesperado, para los demás era parte de una anécdota cotorra que acababa con un “Es cachorro”.

Digo, no era la historia del perro rescatado en un basurero, que llevaba 3 semanas sin comer y le faltaban dos patas, pero pues ¡No mames! Es Koi, saltó de un segundo piso y se dió en la madre, había sangre en la escena y uno esperaría más que un like de Facebook, pero ya no nos sorprendemos con tan poco, necesitamos historias más espectaculares.

En fin, la cosa es que no esperaba que un evento de mi perro, de cualquier índole, me hiciera sentir tan frágil como me siento en estos días, vivir con Koi es tratar de entender y jugar al aguante como nunca antes.  Me hace cuestionarme si soy un buen cuidador de perros, si es que tengo la capacidad de poder tenerlo conmigo sin que vuelva a saltar de un segundo piso o si puedo dejar de sentirme culpable como me siento ahora.

Les juro que de ahora en adelante, si me hablan para avisarme que algo le pasó a su perro, fingiré preocupación. A menos que sea algo muy cabrón, en cuyo caso, la preocupación será real.